Ellos



¿Qué es la felicidad?

La ausencia de miedo

















domingo, 13 de septiembre de 2009

Vamos a contar...



Cuarenta y seis y las tetas pequeñas y redondas brillando en la camisilla negra.
-Me llamo Lola.
-Encantado, yo me llamo J.

Todo natural. Vino y cerveza. Mis huevos hinchándose y su sonrisa directa, sin miedo. Minifalda vaquera, divorcio y una hija de dieciséis. Más alcohol.
-¿Importa mi edad?
-No, sólo era por saber...

Dientes en ámbar y maquillaje de doble capa. Mechas y mechones.
-¿A qué te dedicas?
-Actor porno.
-No jodas.
-Sí.

Postre, licores y palabrería. Nubes. Algunos se marchan y se enfría el café.
-¿Y tú?
-Traductora.
-¿De qué?
-De griego y francés.




miércoles, 9 de septiembre de 2009

Doña Perfecta


(...) De pronto se presentaron en la tertulia el juez de primera instancia, la señora del alcalde y el deán de la catedral. Todos saludaron al ingeniero, demostrando en sus palabras y actitudes que satisfacían, al verle, la más viva curiosidad. El juez era mozalbete despabilado, de estos que todos los días aparecen en los criaderos de eminencias, aspirando, recién empollados, a los primeros puestos de la Administración y de la política. Dábase no poca inportancia, y hablando de sí mismo y de su juvenil toga, parecía manifestar enojo porque no le hubieran hecho de golpe y porrazo presidente del Tribunal Supremo. En aquellas manos inexpertas, en aquel cerebro henchido de viento, en aquella presunción ridícula había puesto el Estado las funciones más delicadas y más difíciles de la humana justicia. Sus maneras eran de perfecto cortesano y revelaban escrupuloso esmero en todo lo concerniente a su persona. Más que costumbre, era en él fea manía el estarse quitando y poniendo a cada instante los lentes de oro, y en su conversación frecuentemente indicaba el empeño de ser trasladado pronto a Madriz (...)
Doña Perfecta (1876)

viernes, 4 de septiembre de 2009

jueves, 3 de septiembre de 2009

Simetría


El traje negro de punto le cubre hasta medio muslo. El resto son venas verdes en piernas fuertes y blancas. Pies pequeños en bailarinas de juguete. Cruza el puente sin levantar mucho la vista. Sin mirar al barranco o a los ojos. Quiero morderla y luego hablarle. Saber de dónde viene y adónde va. Pero no la alcanzo. Algún ritmo oriental que no puedo oír se la lleva. Pero no me atrevo. Es demasiado perfecta, y la perfección me asusta.