Ellos



¿Qué es la felicidad?

La ausencia de miedo

















lunes, 16 de mayo de 2011

No le digas a tu madre de dónde venimos

morgantani

La primera vez fue increíble, una bicicleta y mi inocencia empujada en una calle sin salida. Sobre nuestras cabezas el dios Sol caía con fuerza y verticalidad, obligando a las sombras a esconderse dentro de las casas y de las almas de un barrio de la capital.

Esa mañana la crónica era: día sin colegio, pelea con goleada de gritos de mi padre a mi madre, ausencia de árbitros, lágrimas y tres o cuatro hijos como espectadores.

Mis fugaces amigas ese día fueron dos hermanas, no recuerdo sus nombres ni sus caras, no recuerdo el motivo por el cual estaba allí. Ellas sacaron una bici de paseo y me arrullaron con ella de lado a lado del callejón, cada vez iba cogiendo más confianza, velocidad y equilibrio, en unas horas realizaba mi primer pedaleo en solitario con una sonrisa de felicidad y nerviosismo.

Mi padre me cogió por el brazo y nos fuimos en un Renault cuatro lata blanco, recuerdo llegar a una calle sin salida, recuerdo apostadas en el dintel de una casa una mujer con dos niñas que nos sonreían mientras aparcábamos, recuerdo por primera vez montar en bici con una felicidad casi palpable, recuerdo no ver salir a mi padre durante todo el día de aquella casa, y recuerdo ver a mi infancia sucumbir en aquel callejón sin salida.

lunes, 9 de mayo de 2011

Pared de La Laguna

Ciudad Patrimonio de la Humanidad...


... Patrimonio de la especulación y el engaño.

Sonreíd

Pues bien, era muy estúpida. Y lo sigue siendo hoy día. Ella le llevó a la tumba. Se ha vuelto vieja y bastante fea, pero sigue siendo estúpida. Sin embargo, por muy injusta y malvada que sea la naturaleza al hacer que los hombres se vuelvan ciegos cuando aman, compensa esa injusticia haciendo que el brillo de las mujeres que en otro tiempo deslumbraron a los hombres se apague bastante pronto y obligando a las viejas damas a que con los años recurran a la dudosa ayuda de peluqueros, masajistas y cirujanos para que sus pechos caídos, sus vientres, sus mejillas y sus muslos recuperen una forma medianamente aceptable. Y así las mujeres que en otro tiempo fueron hermosas se precipitan en sus tumbas como si fueran una especie de figuras de yeso retocadas.
(...) Muchas mujeres pasaron junto a mí. Algunas me sonrieron.
Sonreíd, pensé. Sonreíd. ¡Girad, meceos, copraos sombreritos, medias, baratijas! La vejez se os aproxima a toda velocidad. Un añito más o dos, y ningún cirujano del mundo podrá ayudaros, ningún fabricante de pelucas. Deformes, resentidas, amargadas, no tardaréis en iros a la tumba. Y más bajo aún, al infierno. Soreíd. ¡Sonreíd!

El triunfo de la belleza (1934)

Joseph Roth (1894-1939)