Ellos



¿Qué es la felicidad?

La ausencia de miedo

















viernes, 5 de junio de 2009

El poeta y los lunáticos

[...]
No es que Gale fuese un tipo poco sociable, nada de eso; quería mucho a sus amigos, incluso prestaba atención a sus opiniones y se desvivía por hacerles el favor que fuese, si se lo pedían. Cualquiera que no le conociese bien hubiera supuesto que Gale decía aquellas cosas que decía sólo por oírse, sólo porque estaba encantado con el timbre de su voz. Sus amigos, que en el fondo estaban encantados con él, sabían que no, que había algo más que un encantamiento de Gale con su propia voz; es más, estaban seguros de que ni siquiera prestaba atención a su timbre de voz cuando hablaba.
Lo que hacía imprevisibles las reacciones de Gale era que su voz y su gesticulación se preoducían en muchas ocasiones por nada, por una insignificancia que a él, no obstante, le parecía algo no ya signo merecedor de atención, sino transcendental. Cualquier tontería que a un hombre normal no le causa más que una leve impresión, y hasta una levísima impresión, a Gale le causaba un gran impacto, digno de análisis profundo; el incidente del día; algo que dejaba en un segundo plano todo lo anterior, incluso alguna obligación que hubiese conraído, cualquier compromiso.
Gale se conducía siempre bajo el influjo de la sugestión. Cualquier persona medianamente lógica, por ejemplo, sabe, porque lo percibe, que en un simple seto de un jardín o en una revuelta de un camino hay algo incluso tentador, de una belleza digna de admiración. Pero sigue adelante, tras admitir vagamente aquello. Gale, empero, se detenía ahí; aceptaba la invitación, la sugerencia, no se daba a las vagas admiraciones. La forma de una colina, loa ángulos de una casa, suponían un gran reto para Gale, algo a descubrir. Y a descubrirlo se entregaba intensamente, hasta creer que había descubierto al menos parte del secreto que allí se escondía; feliz, entonces, porque ya podía dar algún nombre a su fantasía. Ésas eran las aventuras de su vida. Y tales eran las razones por las que a veces se sumía en sus ideas con una obstinación propia de la paloma que se dirige a su palomar pase lo que pase. Claro está, necesitaba siempre un punto de partida, una sugerencia propia, una sugestión (...)
El pájaro amarillo (El poeta y los lunáticos)

1 comentario:

MKT dijo...

qué placer leer aquello!!!, donde descargo el libro?!!!