Ellos



¿Qué es la felicidad?

La ausencia de miedo

















miércoles, 9 de septiembre de 2009

Doña Perfecta


(...) De pronto se presentaron en la tertulia el juez de primera instancia, la señora del alcalde y el deán de la catedral. Todos saludaron al ingeniero, demostrando en sus palabras y actitudes que satisfacían, al verle, la más viva curiosidad. El juez era mozalbete despabilado, de estos que todos los días aparecen en los criaderos de eminencias, aspirando, recién empollados, a los primeros puestos de la Administración y de la política. Dábase no poca inportancia, y hablando de sí mismo y de su juvenil toga, parecía manifestar enojo porque no le hubieran hecho de golpe y porrazo presidente del Tribunal Supremo. En aquellas manos inexpertas, en aquel cerebro henchido de viento, en aquella presunción ridícula había puesto el Estado las funciones más delicadas y más difíciles de la humana justicia. Sus maneras eran de perfecto cortesano y revelaban escrupuloso esmero en todo lo concerniente a su persona. Más que costumbre, era en él fea manía el estarse quitando y poniendo a cada instante los lentes de oro, y en su conversación frecuentemente indicaba el empeño de ser trasladado pronto a Madriz (...)
Doña Perfecta (1876)

2 comentarios:

Un paseante dijo...

Qué certero era don Benito...
Criaderos de eminencias... y eso que no llegó a conocer el Opus Dei, por ejemplo...

JRamallo dijo...

Pero rozó a la inquisición.