Ellos



¿Qué es la felicidad?

La ausencia de miedo

















martes, 18 de octubre de 2011

Agosta gore



Mi amado el pordiosero estaba durmiendo la mona. Del gollete de una botella de ron, recostada sobre su pecho, pendía una última gota que se negaba a caer. Le metí la mano en la bragueta y le saqué al aire todo el material masculino. Olía a meados y sus huevos eran un hormiguero de ladillas.

-Chúpasela -ordené a Dácil.

Obediente, se agachó y metió el cabezón en su boca. Descubrí mi vocación de animadora cultural. Le enseñé pacientemente a comer la pinga de un hombre dormido y con resaca. La misteriosa relación que existe entre el movimiento de las nalgas y el movimiento de los labios. Las nalgas de Dácil eran redondas y rollizas y carnosas. Cuando la pobre imbécil se instruyó con mi lección y dio al mamoneo el ritmo apropiado, me complació meterle el gollete de la botella por el culo, y gimoteó y se quejó, pero aceptó el dolor y siguió chupando. Oh dios mío, cómo se empalmó el hijo de puta. Lo vi abrir los ojos y abrir la boca y preguntar si le había llevado el dinero.

-Hoy no hay dinero sino mierda de gallina.

-No te entiendo, y ¿quién es ésta?

-Esta es tu conejillo de indias. Te la he traído para ver en vivo tu arte de asesino.

-Vale, chavala. Se ve que estás creciendo. No tengo ningún arte fijo -y cogió la botella, la rompió contra una piedra y enseguida la usó para matar a Dácil. La dejó seca sin darle tiempo a despedirse del sol, que ya se iba.

-¿Quieres que te mate a ti también ahora?

-Vivir no es nada nuevo, ni morir tampoco -dije, recordando unos versos de un poeta ruso, y no pude evitar reírme-. Ya estoy harta de tu sadismo. Ahora voy a ser yo quien mande. O no vas a ver un puto euro más de mi bolso. Vírate de espalda.

-Ya sabía yo que eras especial. Lo que tú quieras, mi niña. Ya sabía yo que tú eras especial.

Con la misma botella rota grabé mi nombre en su espalda y sorbí su sabrosa sangre.

-Qué hacemos con esto, mi niña.

-Mollejas, mi amor. Quiero probar a que sabe el corazón de una mujer. Con lo demás puedes hacer lo que te dé la gana.

Nos lo comimos crudo, y puedo asegurar que no tiene ningún sabor especial el corazón de una mujer.

Agosta escribe (2009)

2 comentarios:

Ramón Herar dijo...

Inmenso este fragmento. Me dan ganas de volverla a leer. Supongo que eso querrá decir algo. Una novela que quedará pal futuro, para cuando la lean nuevos ojos y cuando defiendan lo que el autor no pudo defender.

JRamallo dijo...

Territorio complicado el de la defensa, Ramón. El ataque te permite mirar siempre hacia delante, y no esperar por otros que rara vez llegan.